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SANDRO ROMERO REY, “El mundo del arte es uno solo”

Fotografía: Manuel Valle

Su pasión por el arte y la cultura es ilimitada. Es un artista innato que disfruta al máximo todas las actividades que realiza, ama el teatro, la dirección, la dramaturgia, la música, la docencia, el cine, la literatura y el periodismo cultural.

Sandro es caleño, orgulloso de haber vivido y crecido en el barrio Centenario. Uno de los grandes íconos del arte en nuestro país, amigo de Luis Ospina y Carlos Mayolo de quien fue su asistente en la película protagonizada por Adriana Herrán y Vicky Hernández. De esta experiencia creó el término Caliwood que se popularizó La mansión de la Araucaíma, en los años ochenta. Son muchas las anécdotas que han forjado su vida y su esencia como ser humano y artista. Aprendió a leer a los 5 años (antes de ingresar al colegio), a tocar piano a los 6, a los 9 se conectó con el teatro, luego empezó a escribir cuentos, y a los 12 hizo su primer montaje. Antes de hacer la primera comunión ya había leído a Julio Verne, Emilio Salgari, Karl May y al Capitán Marryat. Desde ese entonces ha tenido una carrera exitosa fruto de su disciplina, amor por lo que hace, siempre con el deseo de aportar a sus alumnos y a la sociedad. Buen conversador, sencillo, sincero, un hombre feliz, consecuente con lo que dice, piensa y hace. De las 24 horas del día, 16 a 18 las dedica a leer, soñar y a crear.

Tus padres son el punto de partida en el arte, en la vida. ¿Qué aprendiste de ellos como artistas y seres humanos?

“Mi mamá fue bailarina y profesora de ballet. Fue directora del Teatro Municipal de Cali y del Teatro Colón de Bogotá. Allí se jubiló. Todavía nos vemos todas las tardes y conversamos mucho. Mi papá era pintor. Fue profesor en Bellas Artes, director de la Escuela de Artes Plásticas y director general de la institución en los años setenta. Luego se retiró y abrió una academia de arte infantil llamada “Mundo creador” y allí se mantuvo como docente hasta su muerte. Ambos trabajaban en Bellas Artes como profesores. Así que mi segundo hogar siempre fue ese edificio, fundado por Antonio María Valencia, en el barrio Centenario, a cuatro cuadras de nuestra morada. Durante mi adolescencia, mi triángulo vital estaba formado por mi casa, el colegio Berchmans donde estudié la primaria y el bachillerato. Y Bellas Artes, donde pasé los primeros años más felices de mi vida. Mi casa era un templo de la creación y se vivía en función de ella. Desde que nací estoy oyendo música clásica, yendo a espectáculos, leyendo libros. A mis papás, por supuesto, les debo el empuje inicial para mi fascinación por los oficios de la sensibilidad”.

¿Quién es Sandro Romero? ¿Quién está detrás del artista, dramaturgo, creador, escritor y coordinador del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes- ASAB?

“Quisiera decir que soy un artista integral, pero me temo que suene un tanto pretencioso. Pero, en el fondo, así ha sido. Mis intereses van del teatro a la literatura, de la música al periodismo cultural, del cine a la televisión, de la radio a la docencia. Me parece que el mundo del arte es uno solo y me siento muy a gusto paseándome de una actividad a otra”.

Tienes amplia experiencia en el medio artístico y cultural, ¿Cuál es tu máximo sueño artísticamente?

“En el año de 2021 cumplo 62 años. Así que la mayoría de mis sueños se han estado cumpliendo, unos más que otros. Pero espero poder seguir muy activo porque mi edad mental no corresponde a los años que he vivido. Me formé al interior de
una generación que valoró la eterna juventud como una manera de enfrentarse a la sociedad, llevando la contraria como otra forma de las Bellas Artes”.

Docencia

“Soy amigo de mis estudiantes. Siempre los miro como colegas. Intercambiamos experiencias. Ellos me aportan a mí tanto como yo a ellos. Me encanta el mundo de las academias de arte: su dedicación, sus retos, sus logros, sus frustraciones. Aunque soy una persona que se siente mejor cuando está solo, de todas maneras la agitación y el reto que representa trabajar en la formación artística me estimula y me ayuda a mantener los sueños intactos”.

En tu destacada y relevante trayectoria, ¿hay una anécdota que haya fortalecido el deseo de avanzar en el medio del arte?

“El mundo del arte es una caja de sorpresas que se abre y se cierra todos los días. Podría contar relatos de todas las disciplinas en las que me he desenvuelto. Pero, si miro en perspectiva, creo que de los asuntos más apasionantes que he vivido fue mi relación con los cineastas y cinéfilos caleños de los años setenta: El Cine Club de Cali, Andrés Caicedo, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Eduardo Carvajal y todo un equipo de cómplices con los que he sido realmente feliz”.

De acuerdo con tus vivencias, ¿Cómo defines a Luis Ospina, Carlos Mayolo, Andrés Caicedo y Alejandro Buenaventura?

Luis Ospina: quizás uno de los amigos más entrañables que tengo en mi vida. Y digo “tengo” porque, a pesar de su muerte, sigue en mí, hablo con él en silencio, le pregunto enigmas, me río con sus chistes. Creo que me acompañará
por siempre. Es mi oráculo generacional.

Carlos Mayolo: uno de los hombres más inteligentes y divertidos que se cruzaron por mi camino. Tuve la fortuna de trabajar con él en los años ochenta, cuando él tenía entre 35 y 45 años y estaba con todo su potencial creativo en la cumbre. Lo extraño muchísimo. Monté una de sus obras de teatro y nos quisimos hasta el fondo, sin necesidad de tener que decírsnoslo.

Andrés Caicedo: lo conocí siendo muy joven, en el Cine Club de Cali, donde iba como espectador. He sido su amigo después de su muerte, puesto que con Luis Ospina y con el apoyo de algunos de sus familiares cercanos nos hemos propuesto publicar toda su obra. Pensé, en 1983, que iba a ser un asunto de pocos meses. Pero ha habido tantos obstáculos y accidentes, que se ha convertido en otra de las batallas diarias que debo dar, junto a mis otros oficios. Por fortuna, con Editorial Planeta, en 2021, estamos publicando, por fin, toda su obra inmensa.

Alejandro Buenaventura: fue mi profesor de teatro en la Escuela de Bellas Artes de Cali, luego de que su hermano, Enrique, se fuese con el TEC a la aventura independiente de la Creación Colectiva. Dejé de verlo durante muchos años y nos volvimos a cruzar en el rodaje de La mansión de la Araucaíma de Carlos Mayolo, donde él fue actor y yo asistente de dirección. Nos vemos muy poco, pero siempre nos reservamos una sonrisa amable.

Son muy conocidos los métodos de Stanislavski, de Strasberg, para la formación de actores en el mundo. En Colombia ¿hay prácticas propias?

“La Creación Colectiva es un método que, si bien no es exclusivamente colombiano (todas las teatralidades son experiencias colectivas), sí podemos decir que su desarrollo en la década del setenta posibilitó la consolidación de una sensibilidad propia. Ahora bien: el mundo del teatro en Colombia es muy diverso y tanto los grupos como las individualidades se han forjado desde distintos parámetros. Hoy por hoy, las universidades están brindando una formación mucho más profunda e integral para todos aquellos interesados en el mundo de las artes escénicas”.

¿Cómo organizas tu tiempo para escribir, leer, trabajar en la ASAB y tener éxito en todo?

“El día tiene 24 horas. El secreto está en no dividir 8 horas de trabajo, 8 horas de placer y 8 horas de descanso. Si uno unifica las horas del placer con las del trabajo, tiene 16 horas de actividad. Y si en vez de dormir 8 horas se duermen 6, tienes 18 horas diarias dedicadas a tus sagrados oficios. Mientras descansas, estás soñando. Sin sueños no hay posibilidad de creación. Así que la vida hay que convertirla en un proyecto integral donde se confunda el goce con el rigor”

Es evidente que disfrutas tu trabajo. Todas las actividades que realizas tienen la misma importancia ¿Hay alguna a la que le dedicas más tiempo? ¿Cuál sería y por qué?

“Depende de la época y las circunstancias. Soy profesor de tiempo completo de Artes Escénicas desde hace muchísimos años. Pero también ha habido etapas en las que la escritura ocupa todos mis esfuerzos. O el trabajo de dirección, o de edición. O la diversión, que es una forma de trabajar tan importante como vivir”.

¿Cómo aplicas tus conocimientos adquiridos en Francia y España en tu faceta como docente?

“Han sido fundamentales. El viaje, el tránsito, es una forma de resurrección. Europa ha sido siempre para mí un territorio necesario. He procurado disfrutarlo a fondo, porque he bebido de su cultura desde que era un niño. Sé que, en estos tiempos, hay una tendencia por matar al padre europeo para recuperar nuestra identidad latinoamericana. Pero esa pulsión parricida ya la viví en los años setenta y sé que el diálogo es mucho más importante que el crimen”.

¿Qué sientes al ver a destacados actores como Juan Pablo Barragán, Robinson Díaz o María Helena Doering en diversos proyectos?

“Ellos han pasado por mi vida en momentos muy distintos. Yo comencé a dirigir teatro desde que era un adolescente. Y por el camino se cruzó María Helena Doering, quien dio sus primeros pasos en la actuación en un Cali sagrado que llevamos en la piel. A Robinson le di clases, junto a sus compañeros de generación de la Escuela Nacional de Arte Dramático, a finales de los ochenta, cuando quemé mis naves y me vine a vivir a Bogotá. Juan Pablo Barragán pasó por los salones del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB, con la vibrante energía que tienen los jóvenes que se han formado en nuestros estrechos espacios. Ahora todos son mis amigos, mis colegas y mis cómplices. Nos vemos poco. Pero he tenido tantos alumnos que podría organizar las 33 tragedias griegas con ellos y haríamos un coro extraordinario para amenizar las fiestas de los nuevos tiempos”.

¿Cuál es la clave para contar una buena historia desde que la creas hasta ver el producto final (libro, película, puesta en escena en el teatro)?

“No la sé. Y creo que por fortuna, que nadie la conoce. Si existiera esa clave, todo el mundo la aplicaría y la vida de los artistas sería mucho más amable. Creo que escritores, cineastas, gentes del teatro, músicos, bailarines, vamos a tientas, con los ojos vendados, tratando de descubrir el camino mientras avanzamos. A veces tropezamos, a veces nos encontramos con una pared suave. No sabemos nuestro destino.Pero tratamos de seguir adelante”.

¿Un actor, artista nace o se hace?

“Las dos. Hay personas que nacen con su oficio en la información genética. Otros que, a base de esfuerzo, consiguen llegar a feliz puerto. De nuevo, creo que no hay una sola explicación, como no existe la fórmula mágica para crear grandes obras. El alma de los artistas es misteriosa, caprichosa e impredecible. Trabajando con estudiantes de arte desde hace muchos años, me doy cuenta de cuáles son sus potencias y muchas veces en sus obstáculos están sus mejores virtudes. Pero, de nuevo, no puedo dar una sola explicación. Es un tema muy complejo que, en realidad, no tiene respuesta”.

¿Qué opinas de los actores naturales (empíricos)?

“Los hay y son necesarios para cierto tipo de experiencias específicas, como las que han conseguido en el cine los directores del neorrealismo italiano o, en Colombia, Víctor Gaviria, Ciro Guerra o Cristina Gallego. Pero el oficio del actor formado a través del rigor o de la academia no puede negarse. Un actor que conoce sus herramientas a profundidad es irremplazable”.

¿A qué actores colombianos y extranjeros admiras y por qué?

“Cambian con el tiempo y prefiero no dar nombres porque sería injusto con propios y ajenos. Podría dar una lista de actores de cine inmensa que iría desde el cine mudo hasta Frances McDormand. Y en Colombia desde los actores del Teatro La Candelaria hasta la más reciente generación de egresados de la ASAB. Pero no sería correcto si se me escapa alguno”.

¿Recuerdas tu primer trabajo?

“Actué por primera vez a los 10 años en una obra infantil que se llamaba El espantapájaros de Dora Alonso, dirigida por Ana Ruth Velasco. Fue en el Teatro Municipal de Cali. La primera obra de teatro que dirigí fue Picnic en el campo de batalla de Fernando Arrabal. Tenía 12 años. Desde esa época no he parado. La primera película en la que trabajé (en realidad, en la que me colé) fue Pura sangre de Luis Ospina. La primera novela que publiqué se llama Oraciones a una película virgen. Pero he tenido tantos “primeros trabajos” en tantas disciplinas, que prefiero quedarme solo con los oficios de la infancia, que son los más profundos”.

¿Cuándo estás en casa que haces?

“Sueño, me levanto, leo, escribo, veo películas, oigo música y lavo platos. Desde que viví en París me acostumbré a lavar los platos y me di cuenta de que es el mejor momento para pensar y, al mismo tiempo, sentirme útil”.

Actuaste en la película La virgen y el fotógrafo. ¿Te gustaría volver o es una etapa superada?

“Procuro no arrepentirme de los trabajos en los que he estado. La virgen y el fotógrafo de Luis Alfredo Sánchez representó un momento muy importante para la historia del cine colombiano y disfruté los pocos días en los que estuve en su rodaje. No volvería porque la experiencia del cine es irepetible”.

¿Qué opinas de la iniciativa de Cineco/plus de exhibir películas como La Mansión de la Araucaíma, entre otras?

“Todo lo que se haga por conservar la memoria del cine lo apoyo sin reservas, venga de donde venga. Creo que lo más importante que ha traído el nuevo milenio es la conservación de las imágenes en movimiento. El cine es un soporte muy frágil y lo que se haga por su conservación y difusión es triunfo de la humanidad”

La tecnología ha sido clave en el progreso del cine, ¿Qué añoras de otras épocas en la producción cinematográfica?

“Creo que antes había una suerte de acción heroica al hacer cine. Era muy difícil. Y quienes nos atrevimos a apostarle a un oficio que estaba casi condenado al fracaso nos sentimos orgullosos. Pero eso es un asunto del pasado. Ahora es muy fácil registrar imágenes y sonidos. Cualquiera puede hacerlo. Sin embargo, la eficacia de hacer grandes creaciones universales sigue intacta. No todos hacen realizacion audiovisuales memorables.La aventura de ser derrotados por las buenas intenciones sigue intacta”.

Trabajaste en Casa Ensamble, ¿Cómo fue tu experiencia?

“Tuve el gusto de dirigir Pharmakon del desaparecido Carlos Mayolo, el primer montaje con el que se inauguró la casa en 2008. Con Alejandra Borrero, su actriz, gestora y productora teníamos una deuda espiritual con Mayolo y pusimos en escena ese monólogo que, por más de 10 años, se ha mantenido en cartelera. Hemos hecho más de 300 funciones. Y, a pesar de la tragedia que nos rodea, permanecerá vivo, mientras Alejandra tenga la energía para seguir representándolo”.

Los Rolling Stones

“Es una pasión que adquirí a los 10 años, cuando mi papá me regaló el álbum Through the Past, Darkly. Desde ese momento me convertí en un adicto a su música. He escrito dos libros y cientos de páginas sobre ellos. Incluso en mi novela más reciente Anfiteatro (Consolación de la pornografía) (Alfaguara, 2019) les dedico un extenso capítulo. Los amo, los admiro, los respeto, me acompañan en todos los momentos significativos de mi vida. Pero, como todos los grandes amores, es una pasión silenciosa, que comparto con muy pocos”.

Pandemia

“Si no fuera porque uno tiene a la muerte pisándote los talones, podría decir que ha sido muy estimulante. Le he dedicado todos mis esfuerzos a la pedagogía teatral, a no dejar morir un oficio que está allí, intacto, que puede permanecer de manera virtual mientras los dioses dicten nuevas órdenes. Al mismo tiempo, he dirigido o escrito obras con jóvenes creadores y realicé un documental para la directora Sofía Monsalve, quien trabajó durante 10 meses en confinamiento para producir El último suspiro de Daniel Quebrada, un tesoro del joven teatro colombiano”.

Cuando alguien se dedica al arte y a la cultura y le dicen que se va a morir de hambre, ¿Qué opinas?

“Uno se puede morir de hambre de tantas formas que morirse de hambre mientras se escriben poemas o se cantan canciones es una manera digna de salir de este universo sin retorno”.

Para terminar, ¿Qué proyectos tienes en la mira?

“Una película, dos obras de teatro, tres canciones, cinco ensayos ,cuatro libros, seis fiestas, siete pecados capitales, diez funerales”.

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